El vocablo resiliencia nos llegó hace unos cuantos años y arrasó en una verdadera espiral de éxito. En poco tiempo empezó a ser usado por todo el mundo y a condimentar las más variadas salsas teóricas en este campo sistémico nuestro, tan dado a la importación de material procedente de otros territorios y a su fácil uso analógico. Pero hemos dicho vocablo, que no concepto, porque sus características fonéticas, que le confieren casi la condición de palabro, parecen reñidas con una adecuada evaluación semántica. «¿Cómo? ¿Resistencia dices?» O «¿Residencia? … ¿y qué tiene que ver una residencia con este asunto?» Por no hablar de la etimología, que casi garantiza su incomprensión, salvo quizás para un especialista en lenguas clásicas. Parece ser que, en latín, resilire quiere decir «volver a entrar saltando» o «saltar hacia arriba», aunque también puede significar «apartarse» o «desviarse». Afortunadamente, hay quien afirma, aunque resulta extraordinariamente difícil verificarlo, que el origen científico de la palabra resiliencia se sitúa en el campo de la física aplicada y hace referencia a la resistencia de algunos materiales al deterioro y la destrucción. ¡Eso ya se entiende más!
En definitiva, que se trata de un término misterioso, de los que suelen fascinar a los amantes de estar a la última, que lo utilizarán fingiendo naturalidad y subiendo las cejas en gesto cómplice: «Es un gran resiliente, ¿sabes?» Y con eso está todo dicho.
Por supuesto, no está nada dicho, ya que la resiliencia posee los atributos de lo que Bateson consideraba un concepto dormitivo: capacidad de impacto en lo superficial y pura tautología subyacente. El paciente es un alcohólico porque bebe, es esquizofrénico porque delira o… es resiliente porque se mantiene relativamente bien, a pesar de lo mucho que ha sufrido.


